lunes, 19 de enero de 2009

ÁLBUM DE RECUERDOS

Volver la vista atrás suele ser propio de quienes hemos sobrepasado el ecuador de nuestras vidas. Tal circunstancia me sucede inevitablemente cuando vuelvo por las tierras de la Ribagorza Alta, de tal modo que nada más ver los recodos del río Noguera Ribagorzana y las montañas que le rodean, fluyen en mi mente recuerdos de unos años en los que la atracción de las grandes ciudades fue destruyendo no pocos rincones entrañables. Hoy que la tendencia parece estar cambiando, que muchos han emprendido el camino de retorno, que la recuperación de tradiciones está de moda, que la gente redescubre sus orígenes, cobran ante mí más fuerza imágenes, sonidos, colores, olores, sabores, incluso silencios de una época cuyos veranos viví en estas tierras.

Allá por los años sesenta y setenta poco teníamos, quizás mucha ilusión. Esta tierra veía discurrir el tiempo muy despacio, nos alimentábamos de esperanza, de largas noches conversando, de ese magnífico cielo estrellado de las noches estivales, del soplo del viento de Escales en la mañana. Verano tras verano, después de la emoción del reencuentro con los amigos, venían las horas compartidas, horas que llenábamos con caminatas por la zona, con los baños en las balsas de la Central, con paseos en bicicleta, con juegos de cartas, incluso con partidos de fútbol en la carretera. Sí, en la carretera. y es que en aquellos tiempos eran pocos los que por aquí transitaban. Cuando un automóvil se acercaba lo oíamos con tiempo debido al sonido cuadrafónico de estas montañas. El partido de fútbol se paraba, pasaba el seiscientos, el dos caballos o algún ruidoso camión, y volvíamos a nuestros intentos por hacer gol.
Eran las noches las que gozaban de un mayor atractivo, especialmente cuando se consiguió poner en marcha la célebre “La Mola”, antro con olor a humedad y sonido Creedence´s. Era la época de la psicodelia en medio mundo. Nosotros conseguimos tener al menos el sonido. Y así, transportados entre guitarras eléctricas, baterías estruendosas y voces desgarradas, pasaban las horas mágicas de la noche. Buscábamos más el calor humano que el satisfacer los instintos que empezaba a aflorar en nuestra piel.

Pero necesitábamos más. En una época de escasas libertades, teníamos que ensanchar el círculo. Había que salir, moverse. Al principio, todavía niños, eran los paseos hasta el contraembalse, luego, ya solos, las caminatas hasta el “cuatre” la tarde de los domingos. En su bar, ventana abierta al mundo, tomábamos un cacaolat o una San Miguel, y oíamos hablar en francés a los primeros turistas. Siguieron las excursiones a Castarné, al barranco de Miralles, la pesca de madrillas, los baños en el pantano. Cuando los más mayores tuvieron coche pudimos ampliar el radio de las hazañas y era el esplendor deslumbrante de las fiestas de Pont de Suert el que nos hacía esperar con impaciencia los primeros días de Agosto. Era la gran capital, el mercado, las ferias, la animación de las calles, las piraguas, el fútbol, pero sobre todo el baile de las noches. ¡Cuántas hormonas segregaron nuestras glándulas!.
Poco a poco las cosas fueron cambiando. Aquel aislamiento generó las primeras voces inquietas pidiendo mejorar la información, las comunicaciones, los servicios, el derecho a vivir con dignidad. Era ya la época de la democracia. Los años siguientes son la historia que contareis otros, otros más jóvenes que tal vez hicisteis los mismo, pero que tuvisteis la suerte de vivir la adolescencia en un mundo más abierto, donde la Ribagorza Alta también existía.
Hoy Sopeira parece otra, sus calles cuidadas, su alumbrado, las casas arregladas, las instalaciones deportivas, las fiestas de verano, grupos musicales, casa social, exposiciones, visitantes ilustres, incluso me ha parecido ver algún adosado. Son tiempos modernos, no se si mejores que los aquí recordados, pero son los vuestros, sobre todo los de los más jóvenes que debéis mantener viva esta comarca. No cometáis nuestros errores y tengan que ser los de fuera quienes os recuerden la solemnidad de estas montañas, el privilegio de vuestras raíces, el valor de las viejas costumbres, la vivencias de cuantos por aquí han pasado durante siglos. Mientras el cuerpo aguante nos adaptaremos a los cambios, contribuiremos a ellos, pero permitidme que al menos por un momento pueda seguir viendo aquellas imágenes, escuchar de nuevo aquellos sonidos, oler a humedad, respirar ilusión.

Alfredo Jiménez Bernadó
Zaragoza 2001

1 comentario:

  1. nos gusta tu blog, quizás mucha casquería pero interesante, muy bonitas las fotos de jordanía.

    te controlaremos de vez en cuando.

    un abrazo

    marian y alfredo

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